En 1992, Colombia vivió uno de los racionamientos eléctricos más recordados de su historia. La fuerte dependencia de la generación hidroeléctrica, sumada al impacto del fenómeno de El Niño, redujo drásticamente los niveles de los embalses. Como parte de las medidas de emergencia, el gobierno de César Gaviria Trujillo adelantó una hora los relojes del país, en la llamada "Hora Gaviria", con la expectativa de aprovechar mejor la luz del día y aliviar la demanda de energía.
Muchas de las escenas callejeras presentes hoy día, nacieron en el año 1992 y quedaron como parte de las imágenes del común. Los vendedores de agua y bolis "El Chavo" presentes en la cuadra del parque del Reloj Floral y Bazurto. El ruido ensordecedor de las plantas eléctricas a diesel, una tras otra en los locales del centro y San Pedro. Las barcazas que llegaron a la vieja Corelca. Las tempranas madrugadas sin necesidad, como si Colombia fuese un país ubicado en alguno de los hemisferios del planeta. El destape que mostró que el país era más dependiente de las hidroeléctricas, y que las termoeléctricas no se encontraban en estado adecuado. La demanda de velas y de queroseno para alumbrar las noches a oscuras. Bañarse era racionado. No había suficiente oferta de leche por la falta de agua que regase el pasto del cual se alimentaban las vacas: muchos pudines de cumpleaños no fueron horneados. La venezolana Polar irrumpió el mercado colombiano para aminorar la falta de los productos hechos por Bavaria. No sigo porque no alcanzo.
El sistema eléctrico nacional de entonces era mucho más vulnerable que el actual: las noticias diarias que podían verse, cuando había energía, eran casi que repetitivas: embalses secos, y calor similar al actual. La limitada diversificación de las fuentes de generación, el bajo margen de reserva y una prolongada sequía llevaron a cortes programados que afectaron hogares, empresas y servicios públicos. Aquella decisión respondió a una coyuntura excepcional, no a una política energética diseñada para repetirse cada vez que aparece una amenaza climática.
Hoy, revivir esa medida resulta poco conveniente para un país ubicado en la zona ecuatorial, donde la duración del día cambia muy poco durante el año. Los beneficios energéticos serían marginales, muy pocos, mientras que los efectos sobre los hábitos cotidianos podrían ser mayores. Sin embargo, algunos sectores políticos actuales insisten en desempolvar soluciones simbólicas, quizá porque son más visibles que emprender las transformaciones estructurales que realmente demanda el sistema energético.
Los industriales sostienen que un cambio de horario puede favorecer la actividad económica, pero esos objetivos también pueden alcanzarse mediante horarios laborales flexibles, eficiencia energética y mejor gestión del consumo. La verdadera lección es otra: la pedagogía del ahorro debe ser permanente. Insisto: permanente, y no de momentos. Así como durante la pandemia de COVID-19 aprendimos temporalmente hábitos de autocuidado que luego muchas personas abandonaron, de hecho hoy es raro ver a alguien con gripa usando tapabocas, también el uso responsable de la energía no puede limitarse a las épocas de crisis.
Esta coyuntura debería servir para impulsar una política decidida hacia la generación limpia, aprovechando el enorme potencial del viento y de la energía del mar. Apostarle únicamente a más hidroeléctricas, en un contexto de creciente estrés hídrico, o ampliar la dependencia de termoeléctricas que usan combustibles fósiles, solo prolongará el problema. Como bien resume el meteorólogo y analista Max Henríquez Daza en su opinión dada hace algunas semanas sobre este mismo tema, "están buscando el ahoga'o río arriba": el desafío energético del siglo XXI no se resolverá con las recetas del siglo pasado.
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social