En Cartagena de Indias, y quienes convivimos en ella, hemos tenido un problema que ninguna jornada de limpieza va a resolver: seguimos ensuciando los lugares que acabamos de limpiar. Hace pocos días fueron retirados tres cambuches y cerca de diez toneladas de residuos de un tramo de manglar en inmediaciones de la avenida del Lago, entre el semáforo de la avenida Jiménez y el barrio Chino. En Isla Draga, al sur de la bahía de Cartagena, también se han advertido residuos, ocupaciones y pérdida de manglar. En Isla Grande, lo mismo. Limpiar es necesario, pero repetir eternamente la limpieza debería preocuparnos.
Porque limpiar no es educar. Podemos recoger toneladas de basura, desmontar cambuches, instalar avisos y hacer campañas. Ahora, si después volvemos a encontrar residuos en el mismo lugar, debemos preguntarnos qué está pasando. El problema deja de ser solamente ambiental, es también de tipo ciudadano. Vale entonces preguntarse: ¿qué tan efectiva está siendo nuestra educación para transformar conocimientos en comportamientos y convertir el cuidado del territorio en una responsabilidad cotidiana?
Una persona o un colectivo pueden saber que un manglar protege la línea de costa, alberga vida y ayuda a mantener el equilibrio de los ecosistemas, y aun así arrojar basura en él. Por eso educar ambientalmente no puede consistir únicamente en decirle a la gente qué debe o no debe hacer. También necesitamos construir valores, sentido de pertenencia y responsabilidad colectiva. Los habitantes y visitantes temporales de esta ciudad no podemos seguir tratando los cuerpos de agua como si fueran el lugar donde terminan nuestros descuidos de manera consciente, desatenta o desinteresada.
Tal vez por eso deberíamos dejar de medir únicamente cuántas toneladas de residuos recogemos y comenzar a preguntarnos cuántas toneladas dejamos de producir y arrojar. La primera cifra habla de nuestra capacidad de reaccionar, que es lo más común y evidente; la segunda, de nuestra capacidad de cambiar. Necesitamos pasar de una cultura que limpia después del daño a una ciudadanía capaz de prevenirlo. Me pregunto cómo se abordará este asunto en la recientemente aprobada política pública distrital de educación ambiental por el Conpes Distrital, como también desde la autoridad cultural local.
Una ciudad no demuestra que educó porque logró limpiar su basura; demuestra que educó cuando ya no necesita volver a recogerla del lugar donde no debió ser dispuesta. Este sí es un verdadero éxito en la educación ambiental, lograr que cada vez haya menos basura que recoger. Si después de limpiar volvemos a ensuciar, no hemos resuelto el problema: apenas hemos aplazado la próxima jornada de limpieza. Y quizá la pregunta que Cartagena de Indias debería hacerse no es cuánto estamos limpiando, sino qué tan poco hemos aprendido para seguir necesitando hacerlo.
Foto: cortesía.
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social