Un niño cartagenero, tanto el que vive en la ciudad como en sus zonas rural e insular, debe aprender que debajo de una superficie aparentemente tranquila puede existir un arrecife de coral; que los manglares no son simplemente árboles que crecen en lugares inundados; que los pastos marinos son refugio y alimento para numerosas especies; y que una bahía es mucho más que el paisaje de una fotografía turística. También debería comprender que el deterioro de estos ecosistemas afecta nuestra economía, nuestra seguridad alimentaria y nuestra calidad de vida. Y un adulto debería evitar que ese conocimiento se pierda entre todos.
Cartagena habla del mar. Vive de él, se promociona con él y ha construido buena parte de su identidad alrededor del Caribe. En contraste, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos, tanto en privado como en público: ¿qué tanto sabe Cartagena sobre el mar que la rodea? Aunque vivimos en zonas ubicadas frente al mar, ciénagas o caños, no significa que entendamos con claridad los ecosistemas que sostienen nuestra vida. Esa es una de nuestras mayores contradicciones como ciudad, vigente indistintamente de la administración de turno.
¿Cuántos cartageneros saben qué es un pasto marino, para qué sirve un manglar o por qué un arrecife de coral es mucho más que un atractivo turístico? ¿Cuántos conocen las especies que habitan nuestras aguas o entienden cómo la contaminación de una ciénaga puede terminar afectando una bahía, o como ciertas obras de infraestructura pueden afectar más de lo que dicen garantizar? No se trata de convertirnos en científicos: se trata de reconocer tanto el territorio como el maritorio que habitamos y comprender que aquello que no conocemos difícilmente podremos defenderlo. Cartagena necesita una cultura oceánica que vaya más allá de las campañas ambientales, las limpiezas y las celebraciones de calendario.
Esa tarea compromete a colegios, universidades, investigadores, comunidades, instituciones, empresas, medios de comunicación y familias. El mar debería estar presente no solamente en las fotografías, los discursos y las planeaciones turísticas, sino también en nuestra manera de educar, planificar y tomar decisiones. Y como esto ha sido lo más difícil de lograr y, por ende, lo menos valorado dentro de esa cultura que tanto se exige en las redes sociales como en la calle, la pregunta no debería ser únicamente quién está contaminando nuestros mares o quién debe protegerlos, sino quién está educando a Cartagena para comprenderlos. No necesitamos solamente mirar el mar para vender la ciudad al mundo: necesitamos aprender a mirarlo para defenderlo.
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social
Fotos, de izquierda a derecha: manglar en el Parque Espíritu del Manglar. Corales de Varadero. Pastos marinos de Coquito.
Cortesía: Tripadvisor. Ángela Alegría. Universidad del Sinú Seccional Cartagena.