Una oportunidad antes del trofeo


Hay una niña y un niño en Cartagena que quieren jugar ajedrez. Les gustan sus piezas, sus movimientos, las batallas silenciosas que se libran sobre un tablero de 64 casillas y esa particular manera de poner a prueba la inteligencia, la paciencia y la capacidad de tomar decisiones. Tienen talento, curiosidad y ganas de aprender y, como muchas veces, hay un problema: ninguno de esos niños tienen un tablero de ajedrez en sus casas.

Sus padres, por diferentes razones, no han podido facilitarles esa posibilidad. Quizás porque el presupuesto familiar apenas alcanza para lo necesario, porque no conocen suficientemente este deporte o porque, sencillamente, nunca imaginaron que sus hijos podrían encontrar en el ajedrez una pasión. No hay que juzgarlos: a veces, las oportunidades no llegan porque nadie nos ha mostrado que existen.

En el colegio donde ellos pasan la mayor parte del día tampoco encuentran mayores respuestas. Desde hace varios años se habla de incorporar el ajedrez a las actividades escolares, pero las promesas no terminan de convertirse en tableros reales, relojes, espacios de práctica o en el fortalecimiento del equipo docente con alguien que pueda orientar su aprendizaje. Quizás hay desinterés, otras prioridades o simplemente falta de gestión. Lo cierto es que los niños siguen esperando.

Y resulta que no son solamente dos. Hay otros estudiantes que también sienten curiosidad por esas batallas de ingenio, por las aperturas, las combinaciones, los jaques y las posibilidades que aparecen en cada movimiento. Uno de sus profesores, que reconoce no jugar ajedrez, sabe que en Cartagena existen clubes deportivos dedicados a esta disciplina y una Liga de Ajedrez con reconocimiento nacional. Se entera de que se realizará un torneo durante un fin de semana, una programación que suele facilitar la participación de los niños y jóvenes que ya entrenan regularmente y que tienen sus compromisos en el colegio. Por supuesto, los eventos de mayor envergadura pueden extenderse durante varios días y requerir jornadas adicionales.

El profesor les cuenta a sus estudiantes que allí tienen una oportunidad para acercarse a la manera como se practica y se promueve el ajedrez en la ciudad. Les explica que encontrarán entrenadores, padres de familia, jugadores experimentados y aficionados. No tienen que ser los mejores para participar, sino que basta con tener ganas de jugar y aprender. Los niños llegan a casa emocionados y les cuentan a sus padres; al principio, algunos no comprenden demasiado el entusiasmo. Para ellos, el ajedrez es apenas un "juego de mesa" y no han tenido la oportunidad de conocer su dimensión deportiva: existen clubes, ligas departamentales, una federación nacional, una federación internacional y hasta confederaciones continentales que animan, promueven y articulan su práctica y competencia en todo el mundo.

Pasaron unos días y algo cambió: los padres consiguen el dinero para la inscripción y, más importante aún, deciden reorganizar sus actividades del fin de semana. Dejan de hacer lo que habitualmente hacen para acompañar a sus hijos a la sede del torneo. Encontraron sillas disponibles, se sientan a observar y reconocer a la gente que tiene años en este deporte mientras animan a sus hijos, comparten sus nervios quizás dejándose contagiar de ellos, y también celebran cada partida. Quizás todavía no entienden todas las reglas o cómo leer los resultados en Chess Results, pero empiezan a comprender algo mucho más importante: sus hijos encontraron un lugar donde quieren estar.

Esta historia podría repetirse en muchas familias cartageneras, bolivarenses y colombianas. Y aunque en este caso hubo suerte porque los padres pudieron reunir el dinero de la inscripción, hay otros niños que ni siquiera cuentan con esos pocos miles de pesos para acceder a un torneo. Algunos tampoco tienen un tablero, un reloj, un entrenador o un club cercano al que puedan acudir.

Entonces surgen algunas preguntas: ¿por qué el acceso al deporte sigue dependiendo tanto de la capacidad económica de las familias? ¿Por qué insistimos en que estas actividades deben sostenerse casi exclusivamente por amor al arte, la voluntad de los entrenadores o el esfuerzo de los padres? ¿Dónde están los programas permanentes que permitan descubrir, acompañar y desarrollar el talento deportivo desde las primeras edades? ¿Por qué las autoridades les brindan más apoyo a unos deportes, y a otros no tanto? ¿Por qué sigue la brecha entre lo que es público y lo que se apoya desde la familia?

No se trata únicamente de respaldar a quienes ya han demostrado sus capacidades y seguramente podrán conseguir medallas, títulos y reconocimientos para Bolívar y Colombia. También hay que mirar a quienes apenas comienzan, a quienes llevan algún tiempo entrenando y a quienes incluso han alcanzado títulos reconocidos por la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE), tanto en la modalidad arena como tradicional. El mérito importa, por supuesto, pero la equidad importa todavía más. No podemos esperar que todos los niños lleguen al mismo punto si no todos han tenido las mismas oportunidades para comenzar, como también para continuar.

Volvamos al torneo: la niña y el niño participan, se sientan frente a sus rivales, acomodan las piezas y escuchan las indicaciones. Algunas partidas terminan con una victoria, clara o enredada de momento; otras, con una dolorosa derrota. Hay movimientos acertados, errores, sorpresas y momentos en los que el tiempo avanza más rápido que las ideas. Pero, al finalizar la jornada, regresan a casa tranquilos y contentos. Tienen resultados que consultar en Internet, fotografías, algunas nuevas amistades y, quizás, alguna mención en una columna de opinión, una entrevista para un medio de comunicación o una publicación en un blog. Incluso pueden llevarse un premio patrocinado por alguna organización externa que decidió apoyar el torneo. Válido.

A pesar de esto, el reconocimiento más importante no está necesariamente en una medalla, un trofeo o una publicación. Está en lo que comienza a suceder dentro de cada uno de esos pequeños ajedrecistas. Poco a poco descubren que equivocarse no significa fracasar. Que una partida perdida puede enseñarles más que una victoria fácil. Anticiparse, pensar antes de actuar, reconocer las posibilidades del contrario y aceptar las consecuencias de una decisión son aprendizajes que también sirven fuera del tablero. Comprenden que la confianza necesita preparación, que la seguridad se construye con práctica y que siempre habrá alguien dispuesto a plantearles un nuevo desafío. Cosas que cuestan, pero perduran.

Quizás dentro de unos años alguno de ellos represente a Cartagena o a Bolívar en una competencia nacional. Otros conseguirán un título de la FIDE o se convertirán en entrenadores de otros niños; otros, simplemente conservarán el ajedrez como una afición que le enseñó a pensar y a relacionarse de otra manera con los demás. Cualquiera de esos caminos merece una oportunidad.

Por eso, esta columna no es solamente a comprar buenos tableros o financiar inscripciones: es a que las instituciones educativas, las autoridades deportivas, las empresas y las organizaciones sociales entiendan que el talento también necesita condiciones para crecer. El ajedrez no puede aparecer en los colegios únicamente cuando hay una celebración, una actividad ocasional, una jornada deportiva donde unos deportes "brillan más que otros", o una promesa que se renueva cada año.

Al final, la niña y el niño regresaron a casa con sus resultados, algunas partidas para recordar y muchas otras que seguramente querrán volver a jugar. Sus padres descubrieron que aquello que inicialmente consideraban un simple juego de mesa podía convertirse en una pasión para sus hijos. Y el profesor, que todavía no sabe mover las piezas, consiguió algo importante: acercarlos a un escenario que el colegio aún no había logrado ofrecerles.

¿Cuántos niños más estarán esperando lo mismo en Cartagena y Bolívar? Cuántos tienen las ganas, pero no el tablero; la curiosidad, pero no quién les enseñe; el talento, pero no cómo llegar a un torneo. No basta con aplaudir a nuestros campeones cuando levantan un trofeo. También hay que preguntarse qué estamos haciendo por quienes todavía no han tenido la oportunidad de sentarse frente a un tablero.

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Maestrante en Educación

Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo

Psicólogo Social

 

Fotos Torneo IRT 3x3 y Festival de Menores Cartagena 2026: cortesía Torre Maestra Chess Club. Director: Maestro FIDE Jesús Marcial Torres Cueto. Resultados del torneo y festival: Chess Results.