Cartagena ha estado avanzando cada día hacia una ciudad más dura, más caliente y más ajena a su propia naturaleza. Lo que hoy ocurre en el Parque Apolo no es un hecho aislado: es parte de una larga cadena de decisiones autoritarias que han ido arrancándole árboles, manglares y sombra a la gente, mientras se vende la idea de “progreso” para el turismo y el cemento. La denuncia de la ciudadana Irina Junieles Acosta a la Procuraduría resume el sentimiento de muchos vecinos: lo que debía mejorar el entorno en el barrio El Cabrero desde la intervención distrital en ese parque, terminó convirtiéndose en otra herida ambiental para la ciudad. Otra más.
Ya ocurrió con la Isla de Los Pájaros y con el manglar que crecía junto al baluarte cercano a la laguna de San Lázaro. También pasó con el manglar eliminado para construir la Plaza de Variedades en el Parque Espíritu del Manglar, y con los árboles y mangles que crecían como sotobosque en el caño Juan Angola, que algunos insisten en llamar “canal” para darle brillo artificial a una intervención que sacrificó naturaleza viva. A esto se suman las afectaciones de proyectos viales como los intercambiadores de La Carolina y Ternera, donde los árboles terminan siendo vistos como obstáculos y no como vida. Todo esto desde el año 2024 y otros casos que quizás han sido menos mediáticos. Sin contar lo que ocurrió en años anteriores.
Hoy también debo alertar sobre el proyecto vial que pretende unir Manga y Pie de La Popa, amenazando nuevamente cobertura manglárica indispensable para el equilibrio ambiental de Cartagena. Y además, lo diré con claridad: toda obra pública debe respetar la identidad bioecológica del territorio donde se impone. No podemos seguir construyendo una ciudad que desplaza árboles, mangles, aves y ciudadanos para favorecer carros y concreto, ya que todo debió pensarse antes. Si realmente se habla de compensaciones ambientales, que no nos llenen otra vez de neem -miremos no más el caso del parque lineal del Pie de La Popa-, tulipán africano, acacia roja o palmeras decorativas. Quienes vivimos en Cartagena necesitamos especies propias de su ecosistema local, sembradas y protegidas con responsabilidad por ciudadanía, autoridades, empresarios y constructores. Todos.
Defender los árboles nunca es señal de romanticismo: es defender salud, sombra, biodiversidad y dignidad urbana. Cada árbol talado sin sensibilidad ambiental es una señal de una ciudad que se desconecta de la vida. Por eso, más allá de las autorizaciones o licencias, la discusión verdadera es qué tipo de Cartagena queremos dejar: esto va también para quienes están de paso en la autoridad distrital. Una ciudad para respirar y convivir, o una postal caliente donde cada vez queda menos naturaleza para quienes todavía la habitan. Que comiencen las apuestas.
Corolario: aprovecho además para invitar a la ciudadanía a participar en este importante espacio de conversación y reflexión ambiental, organizado por estudiantes de la Universidad de Cartagena. Es hoy, 29 de mayo de 2026, a partir de las 2:00 de la tarde en el auditorio Pedro Ortega del campus San Pablo. Mayor información en http://bit.ly/43mUgqp .
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social
Foto: cortesía.