Todos los martes, a las tres de la tarde, el profesor Javier Posso dejaba la oficina 505 del módulo 1 con su tarro de vive100 y caminaba hasta el gran árbol que crecía junto a la plaza central de la Tadeo; sus raíces habían levantado ligeramente las baldosas de piedra, como si el árbol también necesitara estirarse antes de recibir a alguien. Ahí, bajo esa sombra que ni el sol de las doce lograba atravesar del todo, se sentaban los estudiantes de cuarto semestre de Publicidad o incluso los atareados niños de la Inhouse. No era una clase, era, como él profe Posso decía, "un espacio para escucharse antes de escuchar".
Sebastían llegó primero esa tarde, con su computador en la espalda como siempre, él quería mostrar cómo los artistas independientes tienen hambre de comerse al mundo y sus relatos, documentación y etnografía de campo evidenciaban una constancia de interés en su trabajo, siendo esto sin que él lo supiera todavía una identidad diferencial completa, pero aun en su percepción esperando encontrar un legado al cual pertenecer.
Antes de empezar, dijo Posso, quiero que pienses, no que escribas, cuál fue la última vez que sentiste miedo de no ser suficiente. Sebastián dudó, después habló de un micrófono roto, con el cable desconectado. -Se me cayó y desconectó en una presentación-, y sentí que se me caía también la idea de que puedo vivir de esto. Posso no lo corrigió, ni le dio un consejo inmediato; preguntó, simplemente: ¿Qué historia cantarías hoy, si supieras que nadie la va a juzgar? Ese tipo de pregunta (él lo sabía por experiencia) abría más puertas que cualquier retroalimentación técnica sobre redacción o composición.
Felipe, en cambio, llevaba al mismo árbol, sus videos de campañas audiovisuales que nunca mostraba en clase, temiendo que "eso no era publicidad de verdad" o que sus dotes creativos no eran lo suficientemente buenos para prosperar; en ese espacio, Posso le propuso un ejercicio distinto: cerrar los ojos, respirar cuatro segundos, sostener cuatro, soltar cuatro, y nombrar en silencio un color que representara cómo se sentía esa semana. Gris dijo Felipe, casi en un susurro; como cuando hago algo que me gusta y pienso que no le va a servir a nadie. ¿Y sí ese gris fuera justamente tu estilo? le respondió Posso, hay marcas que necesitan exactamente esa estética que tú ya tienes y escondes.
Dos semanas después, Felipe presentó una propuesta de campaña para una marca independiente, con una paleta que él mismo llamó "gris melancólico", inspirada directamente en su línea visual secreta, fue la primera vez que sonrió por su trabajo y regresó al árbol a contarle a Posso.
Ese árbol, el lugar seguro que Posso le presentó a sus estudiantes, tenía sus propias reglas (aunque nadie las hubiera escrito), nadie era juzgado, nadie tenía limites ni predisposiciones, nadie tenía la razón, solo se abrían universos posibles, autores argumentativos y proposiciones de vida. Y cada estudiante, antes de hablar de brief, de cliente o de entregable, tenía que decir en voz alta algo que le gustara, sin explicar por qué, sin justificarlo: una canción, un lugar, una textura, un sabor.
Lunita dijo una vez: "no me gusta que la sociedad percibe a la gente de la tercera edad, como si olieran a enfermo o a muerto” Posso apuntó esa frase en su celular, porque sabía que ahí, en esa premisa tan concreta y tan suya, estaba el origen de una futura propuesta de tesis sostenible y que Lunita terminaría trabajando en su proyecto de grado.
Con el tiempo, el árbol se volvió un punto de referencia para algo más que las tutorías formales, los estudiantes empezaron a llegar solos, entre clase y clase, a sentarse un rato antes de una entrega difícil, o después de una presentación que había salido mal. Sabían que si Posso estaba ahí con su vive100, había espacio para decir "no estoy bien" antes de tener que decir "aquí está mi propuesta".
Esa cercanía sostenida (no un taller aislado, sino una constancia semana tras semana) fue lo que terminó cambiando algo más profundo que las piezas gráficas que producían; los estudiantes empezaron a nombrar lo que necesitaban: tiempo, validación, un espacio sin cámara encendida o tesis por ejecutar, en ese espacio existía alguien que preguntaba: cómo estaban antes de preguntar cómo iba el proyecto.
Al final del semestre, Sebastián llevó un documental de su proyecto como artista independiente, uno que tenía rimas sobre el árbol sensorial, era una canción que hablaba sobre la naturaleza orgánica de lo que vive un artista en su proceso de creación, en donde se percibía el entorno energético del árbol tutorial, con una fuerte luz que se filtraba entre sus hojas, este documental dijo: “lo hice no para que lo juzgaran, lo hice para acordarme de este lugar”.
Posso lo guardó con sigilo junto a los demás proyectos; porque con los años, había aprendido que la mejor pedagogía publicitaria no empezaba en un software de diseño ni en un insight cuantitativo de mercado, sino en la posibilidad de que un estudiante, bajo un árbol, se sintiera lo suficientemente seguro como para mostrar, sin miedo, lo que de verdad le gustaba y quería hacer con su vida.
Ver proyecto de Sebastían en el siguiente link: https://cartelurbano.com/creadorescriollos/el-precio-de-sonar-en-una-industria-que-nunca-duerme