El gran día por fin llegó y estamos a pocas horas de conocer los resultados de las elecciones presidenciales en Colombia para el periodo de 2026-2030, y más allá de quien gane o no, como joven estudiante y preocupado por quien vaya a tomar las riendas de nuestro país, le pido a Dios que permita al pueblo colombiano elegir la mejor decisión y ejercer el derecho al voto libre y democrático. Estas campañas tuvieron algo particular que me llamó demasiado la atención y me hace cuestionarlo: la normalización de la incoherencia como estrategia política. Hoy pareciera que los principios y derechos humanos de los ciudadanos dejar de ser importantes y convicciones para convertirse en herramienta electoral dependiendo desde que contienda o público del momento se observe.
En estos meses evidencié candidatos los cuales al parecer se transformaban según la ocasión. La política se volvió muy incoherente; dejó de construirse con ideas claras y se volvieron centro de atracción personajes diseñados para la mentira, desinformación, calumnia o simplemente expresar rabia, miedo, fanatismo, o resentimiento. Uno de los ejemplos más claros de la incoherencia que menciono tanto acá, es el candidato presidencial Abelardo de la Espriella, un tipo que durante años defendió públicamente la necesidad del dialogo y procesos de paz con grupos armados; hoy, en plena campaña habla como si cualquier intento de negociación es innecesaria y absurda. Antes respaldaba libertades individuales y ahora aporta discursos conservadores diseñados para conquistar los sectores religiosos y tradicionales. Un tipo que antes negaba en absoluto la existencia de Dios, ahora de la nada se hace cercano y seguidor del catolicismo, pareciendo una estrategia oportunista de obtener votos del pueblo colombiano creyente el cual, es bastante amplio. La gran parte de su carrera de abogado fue defender personajes acusados por corrupción, lavado de dinero y escándalos judiciales y al final de todo su dichosa “exitosa carrera” como la hace llamar, ha perdido más de lo que habló. Este personaje, en 2007 la flip expresó su preocupación por tuvo señalamientos de acoso sexual a periodistas y en respuesta de ello, fue una demanda al autor. Esto demuestra en él su machismo y exclusión a las mujeres; lo vimos hace poco en una entrevista al candidato en rcn en donde sus comentarios a la periodista María Lucia Fernández lo hacen ver una persona agresiva y a la defensiva de la mujer. Como futuro periodista, estos ataques a mujeres y periodistas hay que rechazarlas sin duda, el periodismo es una condición esencial para garantizar el derecho de la ciudadanía a recibir información plural y confiable que le permita participar plenamente en la vida democrática. Después de todo esto, puedo hacer una lista infinita de hechos y faltas que ha cometido este candidato el cual para mí no es apto para gobernar a Colombia y debería estar lejos de nuestro país.
Algo similar ocurre con la candidata Paloma Valencia, una de las figuras de la extrema derecha colombiana. Para mí sería absurdo negar su inteligencia o su habilidad política, pero con el pasar de los años se deterioró y eso tiene nombre propio: Alvaro Uribe Velez. Precisamente aparecen contradicciones de su discurso. Mientras intenta proyectarse como símbolo de modernidad y liderazgo femenino, continúa defendiendo visiones profundamente conservadoras sobre el papel de la mujer en una sociedad excluyente. Es necesario cuestionar ideas donde insiste en que la mujer debe tener un rol prioritario en el hogar y en la crianza de los hijos, como si el liderazgo político femenino y la autonomía personal tuvieran siempre que convivir con expectativas tradicionales impuestas históricamente a las mujeres. Después de haberle escuchado ese argumento a la candidata de Uribe, le pregunto esto: ¿qué mensaje se le envía al país cuando usted habla de límites tradicionales para las mujeres mientras ocupa un cargo político en el senado y en este momento aspira a uno más importante?
A eso se suma la estructura política que representa. Paloma Valencia no aparece desde la periferia ni desde la ruptura con el poder tradicional; hace parte de una corriente política ligada históricamente a sectores de élite, al uribismo y a una visión de país que, para muchos jóvenes, representa precisamente aquello que Colombia lleva años intentando superar. Y, aun así, su discurso insiste en presentarse como alternativa y renovación. Claramente Paloma Valencia no representa a las mujeres y al pueblo colombiano, representa el uribismo y los años de terror.
En medio de todas esas contradicciones y oportunismos, está el candidato presidencial Iván Cepeda Castro, el cual, termina representando algo que hoy parece escaso en la política colombiana: coherencia ideológica. Un candidato que durante años ha mantenido una línea política clara alrededor de la defensa de los derechos humanos, la paz y las víctimas del conflicto armado, como un símbolo de memoria, recordatorio para la no repetición. Y quizás ahí está la verdadera diferencia. Mientras algunos candidatos moldean sus principios dependiendo del público al que le hablen, otros han construido su trayectoria y están convencidos de gobernar con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Muchas personas lo difaman lo tratan como el “candidato de las farc” únicamente por fotografías con bandidos de los grupos armados en donde Iván Cepeda se encontraba realizando diálogos para la paz de Colombia. En algunos casos también lo comparan con su padre. Pero dejando todos esos estigmas que nos ha llevado la ultraderecha, mientras ellos se han tomado el tiempo de acaparamiento codicioso de la tierra, nunca se han tomado el tiempo de escuchar al pueblo, el intento de silencio al pueblo sigue vigente, quieren callar al que piensa de verdad y reclama sus derechos, que muchas veces para la derecha está en venta.
Iván Cepeda y Aída Quilcué se han tomado el tiempo de recorrer Colombia de sur a norte, y de oriente a occidente, en los cuales escucharon, hablaron y sintieron la esperanza y el cariño del pueblo colombiano. Tenemos la esperanza de que las transformaciones sociales y cambios iniciados por el gobierno progresista del presidente Gustavo Petro Urrego, deben continuar y consolidarse. Por los pueblos que, en largos años de violencia y resistencia, hoy han conquistado derechos fundamentales y su lucha pacífica les entregó resultados.
Continuemos con este gobierno progresista, que consolide las transformaciones sociales, económicas y políticas que necesitamos para una Colombia para convertirnos en una nación equitativa, prospera y más democrática.