En carne propia.


El 4 de agosto 4:00 am siento un golpe seco y un grito de dolor. Mi padre con 89 años sufrió una caída que le ocasionó dolor en su pierna derecha, deformidad evidente en el muslo y absoluta imposibilidad para ponerse de pie. Bastó mirar su pie rotado externamente para saber que se había fracturado la cadera. 
Sentía como si me hubiera caído un balde de agua helada encima pero no había tiempo para lamentarme y llegamos a la urgencia lo más pronto posible con el corazón en la mano. 

Hoy son 2 meses de ese suceso y por la gracia de Dios, el trabajo de un equipo de profesionales absolutamente comprometidos y el apoyo de nuestros seres queridos, estamos en casa con mi padre vivo, operado, funcional, sin dolor y sin secuelas. No puedo estar más agradecida de tenerlo conmigo, han sido 2 meses en los que estuve ausente de muchas cosas con tal de cuidar de mi padre y esa ausencia también fue la oportunidad de reflexionar sobre cada cosa ocurrida. 

El rey Salomón escribió en el libro de Eclesiastés “Entre más se sabe, más se sufre”, si tuviera una máquina del tiempo le diría “de mi no vas a estar hablando” porque ciertamente el conocimiento que por mi profesión me acompaña también fue un aguijón en mis pensamientos que me sacó muchas lágrimas. 
Pero no era el conocimiento médico, saber los riesgos, las complicaciones lo que podía salir mal, era el conocimiento de saber que nuestro sistema de salud está en crisis y que era el peor momento para que esto pasara. 

Enfrentar los peligros de un anciano de 89 años con una fractura de cadera, una enfermedad del corazón y un cáncer de próstata no me asustaba tanto como saber que esto ocurre en semejante crisis de salud. Prefiero 7 infartos a esto, que es como el carnaval de Barranquilla: quien lo vive es quien lo goza. 
Siempre tuve claro que la peor parte de la crisis la pagan los pacientes, hoy esa convicción solo aumentó y reafirma que el sistema de salud debe rescatarse, de tener una atención oportuna depende que una persona viva o muera, en esta ocasión fue a mi padre a quien le tocó. 

Mi reflexión final, no la única, es que todos necesitamos un sistema de salud que funcione, no sabemos cuándo lo vamos a necesitar, pero cuando ocurra nuestra propia supervivencia dependerá de decisiones que se toman muy lejos de los hospitales. 

Hoy me solidarizo con cada paciente que espera una autorización, un medicamento, una cirugía, una cosa es leer de la crisis, otra verla como médica y otra es vivirla en carne propia.