EL CENTRO DEMOCRÁTICO ANTE SU HORA MÁS DECISIVA

EL CENTRO DEMOCRÁTICO ANTE SU HORA MÁS DECISIVA


Una reflexión sobre el legado del uribismo, las fracturas internas y el desafío de reconstruir el partido desde sus principios y sus bases

El Centro Democrático enfrenta una paradoja profunda: sigue siendo una de las principales fuerzas políticas del país, conserva una bancada relevante en el Congreso y mantiene vivo el legado doctrinario del uribismo; pero al mismo tiempo evidencia una fractura entre la dirigencia, las bases, las élites regionales y el sentimiento de una parte importante de su militancia.

Los resultados electorales de 2026 dejaron señales que no pueden ser ignoradas. Mientras el partido mantuvo una posición importante en el Congreso de la República, consolidándose como una de las principales fuerzas políticas del país, la candidatura presidencial de Paloma Valencia no logró recoger la fuerza electoral, emocional y territorial que durante años caracterizó al uribismo.

Esta aparente contradicción merece una reflexión profunda.

No se trata de cuestionar las capacidades intelectuales, políticas o programáticas de la candidata. Por el contrario, Paloma Valencia representó con altura, disciplina y respeto la decisión institucional del partido. Sin embargo, el resultado evidenció que la fortaleza parlamentaria del Centro Democrático no necesariamente se traduce en capacidad para movilizar electoralmente a la totalidad de su militancia ni a los sectores ciudadanos que históricamente han acompañado el proyecto político del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Una parte disciplinada del partido respaldó plenamente la candidatura oficial. Pero otra porción importante de las bases encontró en Abelardo de la Espriella un liderazgo con el cual se sintió más identificada. No necesariamente por razones partidistas, sino porque interpretó en él un discurso más confrontacional, una defensa frontal de la seguridad, de las libertades, de la democracia y una respuesta directa frente al proyecto político del petrismo.

Ese fenómeno no puede calificarse simplemente como un acto de indisciplina.

Debe entenderse como una advertencia política.

El uribismo y el Centro Democrático ya no son exactamente lo mismo

Durante muchos años ambos conceptos caminaron unidos.

Hoy la realidad parece demostrar que una parte importante del uribismo ya no se siente completamente interpretada por la estructura partidista.

El uribismo continúa siendo una corriente política viva, con principios claramente identificables, con una identidad ideológica sólida y con un liderazgo histórico indiscutible alrededor del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Sin embargo, una parte de quienes defienden esos principios percibe que el partido se ha ido alejando de las bases, concentrando decisiones en pequeños círculos, reproduciendo disputas internas, alimentando egos personales y permitiendo que las diferencias entre dirigentes terminen debilitando el proyecto colectivo.

Cuando las bases sienten que no son escuchadas, inevitablemente buscan otros liderazgos que representen sus convicciones.

Eso fue precisamente una de las principales señales que dejó la elección presidencial.

Las heridas internas

Toda organización política tiene diferencias.

Lo verdaderamente importante es la forma como las administra.

La consulta interna dejó heridas que aún parecen no haber cicatrizado completamente.

María Fernanda Cabal representaba un liderazgo de mayor confrontación política y un amplio sector del partido se identificaba con esa línea.

Paola Holguín mantuvo una posición institucional y prudente durante todo el proceso.

Paloma Valencia asumió con responsabilidad la candidatura del partido, defendiendo la decisión democrática adoptada por la colectividad.

Sin embargo, las diferencias propias de la competencia interna dejaron sentimientos encontrados entre algunos sectores de la dirigencia y de la militancia.

Si esas heridas no terminan de cerrarse, el partido corre el riesgo de convertir las diferencias internas en fracturas permanentes.

La política exige competencia.

Pero también exige capacidad de reconciliación.

El riesgo de los candidatos prestados

Quizá uno de los mayores desafíos que enfrenta el Centro Democrático sea evitar que su identidad política termine siendo absorbida por liderazgos externos.

Cuando un partido deja vacíos, inevitablemente otros los ocupan.

El problema no consiste únicamente en respaldar candidatos provenientes de otras corrientes políticas.

El verdadero riesgo aparece cuando esos liderazgos terminan apropiándose de la identidad, de las banderas y del capital político construido durante años por el uribismo, sin pertenecer realmente a su proceso doctrinario.

Un partido que renuncia a construir liderazgos propios comienza lentamente a perder su identidad.

Las candidaturas prestadas pueden resolver coyunturas electorales.

Pero difícilmente construyen partido.

Y mucho menos garantizan continuidad doctrinaria.

La arrogancia, los egos y la desconexión

Muchos de los problemas actuales parecen tener un origen común.

La desconexión entre quienes toman las decisiones y quienes sostienen diariamente el partido en los territorios.

Las bases reclaman ser escuchadas.

Reclaman mayor participación.

Reclaman renovación.

Reclaman oportunidades para nuevos liderazgos.

Cuando prevalecen los egos personales, las disputas internas, los cálculos individuales o las élites regionales sobre el interés colectivo, el partido comienza lentamente a perder legitimidad ante su propia militancia.

La mayor fortaleza del uribismo siempre fue la disciplina.

Pero una disciplina construida sobre la convicción.

Nunca sobre el silencio.

Cartagena y Bolívar: una alerta que no puede ignorarse

El caso de Cartagena y Bolívar merece un capítulo especial.

El Centro Democrático viene mostrando una tendencia descendente en su caudal electoral tanto en el departamento como en su capital. Esa disminución no puede analizarse únicamente desde los resultados de una elección; refleja una pérdida progresiva de organización territorial, de liderazgo visible, de presencia permanente en las comunidades y de capacidad para construir una identidad política sólida en la región.

A las puertas de las próximas elecciones territoriales, el partido enfrenta una oportunidad histórica para corregir el rumbo. Es el momento de emprender una reorganización profunda que permita presentar al Centro Democrático como una verdadera opción de poder territorial y no solamente como un partido de respaldo a candidaturas nacionales.

Esa estrategia debe construirse desde las bases, fortaleciendo liderazgos propios, formando nuevos cuadros políticos, consolidando equipos municipales y distritales, recuperando la militancia y promoviendo candidaturas nacidas del partido y de sus principios, no candidaturas prestadas ni figuras coyunturales provenientes de otras corrientes políticas.

Cartagena y Bolívar necesitan un Centro Democrático con vocación de gobierno, presencia permanente y capacidad de convertirse en una fuerza decisiva en las elecciones territoriales. Ello exige planificación de largo plazo, trabajo continuo entre procesos electorales y una dirigencia capaz de escuchar a las bases, abrir espacios a nuevos liderazgos y recuperar la confianza de quienes históricamente han defendido los principios del uribismo.

Si esa transformación no comienza ahora, el riesgo de continuar perdiendo espacio político será cada vez mayor. Pero si el partido emprende una verdadera reingeniería política, podrá recuperar su protagonismo regional y volver a consolidarse como una alternativa de gobierno para Cartagena, Bolívar y el país.

La gran tarea de la dirigencia

El Centro Democrático necesita mucho más que una reorganización administrativa.

Necesita una verdadera reingeniería política y estratégica.

Una reflexión sincera.

Profunda.

Sin triunfalismos.

Sin arrogancias.

Sin cálculos personales.

Debe preguntarse por qué una bancada fuerte en el Congreso no logró traducirse en una candidatura presidencial igualmente fuerte.

Debe preguntarse por qué una parte importante de las bases terminó identificándose con un liderazgo externo.

Debe preguntarse por qué la militancia siente que en muchas ocasiones no participa realmente en las decisiones.

Debe preguntarse cómo volver a construir un partido que inspire.

Que forme.

Que escuche.

Que convoque.

Que enamore nuevamente a los colombianos.

Volver a los principios

El Centro Democrático debe recuperar la esencia que le permitió convertirse en una de las fuerzas políticas más importantes del país.

Seguridad democrática.

Respeto por la Constitución.

Defensa de las libertades.

Autoridad legítima.

Economía de mercado.

Confianza inversionista.

Lucha frontal contra la corrupción.

Fortalecimiento institucional.

Defensa de la familia.

Protección de la propiedad privada.

Pero esos principios deben dialogar con los nuevos desafíos del país.

Inteligencia artificial.

Transformación digital.

Seguridad urbana.

Innovación.

Empleo juvenil.

Competitividad.

Desarrollo regional.

Transición energética responsable.

Control territorial frente al crimen organizado.

La doctrina debe permanecer.

Las herramientas deben evolucionar.

El legado de Uribe

El legado del expresidente Álvaro Uribe Vélez trasciende al propio partido.

Representa una manera de entender el Estado, la seguridad, la economía y la democracia.

Ese legado no puede convertirse en motivo de disputas internas ni quedar reducido a diferencias personales entre dirigentes.

Tampoco puede ser administrado como patrimonio exclusivo de pequeños grupos políticos.

Pertenece a millones de colombianos que durante más de dos décadas encontraron en el uribismo una forma de defender sus convicciones.

El mejor homenaje que puede hacerse a ese legado no consiste en invocarlo permanentemente.

Consiste en fortalecer el partido que nació para defenderlo.

Una reflexión final

El Centro Democrático no perdió el uribismo.

Pero sí recibió una advertencia muy seria de sus propias bases.

Todavía está a tiempo de escuchar.

Todavía está a tiempo de corregir.

Todavía está a tiempo de reconstruirse desde sus principios, desde sus territorios y desde su militancia.

La gran tarea de la dirigencia consiste en reconciliar al partido consigo mismo, cerrar heridas, formar nuevos liderazgos, recuperar la confianza de las bases y construir una estrategia política de largo plazo que vuelva a convertir al Centro Democrático en una fuerza de gobierno nacional y territorial.

No hay espacio para la arrogancia.

No hay espacio para los egos.

No hay espacio para las divisiones estériles.

Es el momento de volver a escuchar a la militancia.

Es el momento de volver a construir partido.

Porque el uribismo, como conjunto de principios y valores, trasciende cualquier estructura partidista.

Pero el Centro Democrático, si quiere seguir siendo su principal instrumento político, deberá demostrar que está dispuesto a renovarse sin renunciar a su esencia.

Ese es el gran desafío.

Y probablemente, la mayor responsabilidad histórica que hoy enfrenta su dirigencia.