La incómoda lección de Pepe Mujica al socialismo: "la sífilis no puede matar a su víctima"

La incómoda lección de Pepe Mujica al socialismo: "la sífilis no puede matar a su víctima"


Recordando a "Pepe" Mujica a un año largo de su muerte

José "Pepe" Mujica fue un hombre de izquierda. Nadie discutía sus convicciones socialistas. Sin embargo, precisamente por venir de la izquierda, dejó una de las reflexiones más incómodas para el propio socialismo.

En una entrevista pronunció una frase que hoy sigue generando debate:

"Yo soy socialista, pero no soy bobo."

Y enseguida explicó una metáfora tan provocadora como inteligente.

Comparó al socialismo con la sífilis. Decía que la sífilis es una enfermedad "inteligente", porque no mata a quien infecta; si destruye a su víctima, también desaparece ella. De la misma manera, sostenía que el socialismo inteligente no puede acabar con el capitalismo ni con quienes producen riqueza, porque después no tendría de dónde obtener los recursos para financiarce y sostenerse, sostenimiento que en muchos casos esta acompañado de opulencias y extravagancias en sus dirigentes y sus círculos familiares.

Era una reflexión profundamente pragmática. Mujica entendía que la riqueza primero debe producirse para luego distribuirse. Por eso advertía que combatir los excesos del capitalismo no significa destruirlo, sino corregirlo sin acabar con la fuente que genera empleo, inversión y recursos para el Estado.

Su pensamiento estaba lleno de frases que desafiaban tanto a la izquierda como a la derecha:

  • "Pobres no son los que tienen poco; pobres son los que necesitan infinitamente mucho."
  • "Cuando compras algo, no lo pagas con dinero; lo pagas con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para conseguir ese dinero."
  • "El poder no cambia a las personas; solamente revela quiénes realmente son."

Quizá por esa visión realista, Pepe Mujica terminó ganándose el respeto incluso de dirigentes con posiciones ideológicas completamente opuestas.

Una prueba de ello ocurrió en marzo de 2010, cuando asumió la Presidencia de Uruguay. Mientras muchos esperaban un distanciamiento entre dos gobiernos ubicados en extremos diferentes del espectro político, el entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, dejó de lado las diferencias ideológicas y expresó públicamente su confianza en que ambos países mantendrían "excelentes relaciones" durante el gobierno de Mujica.

Fue un reconocimiento mutuo entre dos hombres que pensaban distinto, pero que entendían que los intereses de sus naciones estaban por encima de las disputas ideológicas. Mujica gobernó con pragmatismo. Uribe respondió con grandeza institucional, privilegiando la diplomacia, el comercio y la estabilidad regional sobre las diferencias políticas.

Esa es, quizás, la verdadera enseñanza de ambos.

Las ideologías pueden orientar un proyecto político, pero nunca deben impedir el diálogo, la cooperación ni el reconocimiento del valor del adversario cuando actúa con sensatez.

La historia demuestra que los grandes líderes no son aquellos que convierten las diferencias en enemistades permanentes, sino quienes son capaces de defender sus principios sin perder de vista el interés superior de sus pueblos.

Y esa sigue siendo una lección incómoda, no solo para el socialismo, sino para toda la política latinoamericana.