UN CACHAGENERO EN DEFENSA DE CARTAGENA

UN CACHAGENERO EN DEFENSA DE CARTAGENA


UN CACHAGENERO EN DEFENSA DE CARTAGENA

Por Gabriel Jaime Dávila Gómez

Esta columna no nació frente a un escritorio. Nació caminando.

Todos los fines de semana recorro la zona costera de Cartagena. Generalmente camino entre 10 y 12 kilómetros; hoy fueron 17. En esos recorridos no solamente hago ejercicio: observo la ciudad, converso con la gente y veo, paso a paso, cómo se transforma Cartagena.

He conocido sectores de nuestra costa que durante años parecieron abandonados. Hoy encuentro obras, parques, corredores deportivos, familias, caminantes, corredores y ciudadanos que están volviendo a apropiarse de espacios que antes no podían disfrutar plenamente.

Mientras caminaba como buen pensionado, reflexionaba con un amigo chocoano y otro amigo cachaco, bogotano, sobre algo difícil de entender: la facilidad con la que algunas personas hablan mal de Cartagena, la maldicen y hasta parecen alegrarse cuando creen encontrar una dificultad que puedan utilizar políticamente.

Más triste todavía es que algunos de esos ataques tengan áulicos cartageneros.

Una cosa es criticar para corregir. Cartagena necesita vigilancia ciudadana, control político y exigencia. Otra muy diferente es tomar una imagen aislada, mostrar una calle poco concurrida y proclamar que se acabó el turismo, con la intención de perjudicar la reputación de la ciudad y convertirla en instrumento de una campaña hacia 2027.

La afirmación de que el turismo desapareció por la llegada de Abelardo de la Espriella carece de lógica. No se le puede atribuir a un gobierno que no llevaba siquiera un mes un comportamiento turístico construido durante los meses anteriores.

Además, las cifras oficiales del primer semestre de 2026 no muestran una ciudad abandonada: Cartagena recibió más de 1,9 millones de pasajeros por vía aérea, con un crecimiento del 3,8 %, y más de un millón por vía terrestre, un 25,1 % más que en el mismo periodo anterior.

Es cierto que la ocupación hotelera ha tenido dificultades y que algunos sectores tradicionales sienten una menor actividad. Eso debe analizarse con seriedad. Pero una dificultad hotelera o una calle menos concurrida no significan que el turismo se haya acabado.

Además, la ocupación hotelera no puede estudiarse aisladamente. Debe confrontarse con el crecimiento de las viviendas turísticas, los apartamentos ofrecidos mediante plataformas como Airbnb y otras modalidades formales e informales de alojamiento que no siempre quedan reflejadas en los indicadores tradicionales.

Barrios como Torices, Canapote y Crespito están incorporando apartamentos, habitaciones, pequeños hostales y servicios dirigidos al visitante. Allí está emergiendo una alternativa turística que amplía el mapa de la ciudad y puede explicar parte de la diferencia entre el crecimiento en la llegada de pasajeros y la disminución de la ocupación en algunos hoteles.

Esto no significa que cada habitación hotelera desocupada corresponda automáticamente a un visitante alojado mediante una plataforma. Significa que necesitamos medir toda la oferta antes de sacar conclusiones. El Distrito debe identificarla, promover su formalización, verificar el Registro Nacional de Turismo, controlar las condiciones de seguridad y convivencia y proteger el carácter residencial de los barrios.

No se trata de perseguir una nueva actividad económica, sino de ordenarla e incorporarla responsablemente al sistema turístico de Cartagena.

Lo que está ocurriendo es mucho más interesante: el turismo de Cartagena se está diversificando y dispersando por la ciudad.

Ya no todo se concentra en la Torre del Reloj, Getsemaní o unas pocas calles del Centro Histórico. Hoy existe turismo deportivo, cultural, gastronómico, religioso, de naturaleza, de congresos y convenciones, de bodas, de islas y de experiencias comunitarias.

También está apareciendo algo fundamental: el turismo de proximidad, entendido como el derecho del propio cartagenero a conocer, recorrer y disfrutar su patrimonio.

El turismo no puede consistir únicamente en contar extranjeros o pasajeros que llegan desde otras ciudades. Una Cartagena que les permite a sus habitantes caminar frente al mar, montar bicicleta, correr, visitar sus parques y compartir en familia también está generando bienestar, pertenencia y una nueva economía alrededor del espacio público.

Cartagena está corriendo. Lo vemos en la Media Maratón del Mar, el Ironman y en la creciente cantidad de pequeñas competencias. El Parque Lineal de Crespo acogió recientemente el Girl Run Fest, conocido por muchos como la carrera de las Barbie, con recorridos de 5K y 10K. Los colegios y las organizaciones comunitarias también realizan carreras infantiles de 1K y 2K.

Cada una de estas actividades reúne deportistas, niños, padres, entrenadores y acompañantes. Activa transporte, comercio, gastronomía y recreación. Pero, sobre todo, llena los espacios públicos de vida.

Un parque utilizado por corredores, niños y familias genera una sensación de mayor seguridad y tranquilidad. Naturalmente, esa apropiación debe estar acompañada de vigilancia, iluminación y mantenimiento, pero una ciudad presente en sus parques siempre será preferible a una ciudad que los abandona.

En ese proceso hay que destacar la labor del alcalde Dumek Turbay y de su equipo de gobierno. El Nuevo Chambacú, el Parque Lineal de Alameda y San Fernando, los escenarios deportivos recuperados, las intervenciones en los barrios y el Gran Malecón del Mar muestran una dirección de transformación que ya puede verse y recorrerse.

No todo está terminado ni todo funciona perfectamente. Las obras deben concluirse, mantenerse y evaluarse. Sin embargo, desconocer lo que está ocurriendo sería mezquino. La recuperación de parques y escenarios está ampliando las alternativas de recreación para los cartageneros y creando nuevos puntos de interés para quienes visitan la ciudad.

Pero construir una gran obra no es suficiente. Hay que protegerla, activarla y mantenerla. El verdadero desafío comienza después de cortar la cinta.

Por eso resulta fundamental la creación de la Empresa Gran Malecón del Mar, concebida como una empresa pública encargada de administrar, operar, mantener y desarrollar el aprovechamiento económico ordenado de esta infraestructura.

Una obra de semejante magnitud no puede quedar sin doliente ni depender exclusivamente de asignaciones presupuestales anuales. Debe contar con una administración técnica, profesional y transparente, capaz de generar recursos para su conservación mediante actividades comerciales reguladas, eventos, servicios y alianzas, sin perder su naturaleza pública ni limitar el disfrute gratuito de los ciudadanos.

Autosostenibilidad no significa privatizar el espacio público. Significa evitar que una inversión de gran magnitud se deteriore por falta de mantenimiento. Significa que el Malecón produzca parte de los recursos necesarios para conservar sus zonas verdes, iluminación, seguridad, mobiliario, espacios deportivos y servicios.

Ese mismo principio debe aplicarse, según su dimensión y naturaleza, a los grandes parques de Cartagena: construir, activar, mantener y proteger. Solo así las inversiones públicas perdurarán y continuarán generando bienestar, empleo, recreación y oportunidades económicas.

Cartagena tampoco necesita que se confunda turismo con droga, explotación sexual, microtráfico, trata de personas, estafas o desorden. Si el control de esas actividades hace que determinadas esquinas tengan menos aglomeraciones nocturnas, eso no significa que la ciudad haya perdido turismo. Significa que debe avanzar hacia un turismo legal, seguro, responsable y compatible con la dignidad de sus habitantes.

No podemos confundir ruido con prosperidad ni desorden con desarrollo.

Cartagena necesita la colaboración del Gobierno nacional, pero su capacidad turística no depende exclusivamente de quien ocupe la Casa de Nariño. La ciudad tiene liderazgo local, empresarios, trabajadores, deportistas, artistas, comunidades y ciudadanos capaces de defenderla y proyectarla.

Yo lo hago desde mi condición de cachagenero: no nací en Cartagena, pero la escogí, la camino, la conozco, la quiero y la defiendo. El amor construido por decisión también crea pertenencia.

Seguiré defendiendo a Cartagena, pero no mediante una defensa ciega. Defenderla es reconocer lo bueno, señalar lo que debe corregirse y evitar que sus problemas sean manipulados por quienes buscan obtener beneficios políticos.

Bien por quienes construyen, recuperan los parques y llenan la ciudad de deporte, cultura y familias. Mal por quienes maldicen a Cartagena y utilizan su imagen como escombro electoral.

De cara a 2027, tarjeta roja para quienes pretendan hacer política destruyendo la reputación de la ciudad.

Cartagena no se acabó. Cartagena se está transformando. Es el momento de ponernos la camiseta auriverde para cuidarla, respaldarla y defenderla.

Nosotros ya la tenemos puesta.

Y yo, como cachagenero, seguiré caminando y defendiendo a Cartagena.

 

gabriel.jaime.davila.gomez@gmail.com