El IPN merece respeto. La pluralidad también.


 

"Para ser libres nos libertó Cristo. Manténganse, pues, firmes y no se dejen oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud."

Gálatas 5,1

He leído con atención el texto escrito por Juan Diego Rozo Ávila ( https://blogs.eluniversal.com.co/sin-miedo-opinar/al-ipn-y-sus-estudiantes-se-respeta ) , estudiante del Instituto Pedagógico Nacional, y quiero comenzar por algo que considero fundamental: comparto plenamente su rechazo a cualquier forma de estigmatización contra estudiantes, docentes o instituciones educativas.

Ningún joven debe ser objeto de ataques personales por expresar sus opiniones políticas. Ninguna institución educativa merece ser reducida a caricaturas ideológicas. Y mucho menos cuando se utilizan fotografías de menores de edad para alimentar debates públicos cargados de emociones y descalificaciones.

En eso coincidimos.

El IPN merece respeto.

Sus estudiantes merecen respeto.

Sus docentes merecen respeto.

Y quienes piensan distinto también merecen respeto.

Precisamente porque creo en ese principio, considero importante ampliar la conversación.

Al leer el texto de Juan Diego encuentro algo admirable: un joven que participa en la vida pública, que reflexiona sobre su país y que valora la educación recibida. En una época donde muchos adolescentes permanecen indiferentes frente a los asuntos colectivos, resulta positivo encontrar estudiantes interesados en la política, la historia, los derechos humanos y la participación ciudadana.

Sin embargo, me pregunto si la verdadera educación crítica no exige también una capacidad adicional: la de someter a examen nuestras propias convicciones.

El pensamiento crítico no consiste únicamente en cuestionar aquello con lo que no estamos de acuerdo.

También implica cuestionar aquello con lo que sí estamos de acuerdo.

Implica examinar las ideas que hemos adoptado con la misma rigurosidad con que examinamos las ideas de nuestros adversarios.

Por ello, cuando un estudiante expresa públicamente su apoyo a un candidato presidencial, tiene todo el derecho de hacerlo. Forma parte de la libertad de expresión y de la participación democrática.

Pero quienes observan ese hecho también tienen derecho a preguntarse si los espacios educativos están logrando mantener un equilibrio razonable entre formación ciudadana y pluralidad ideológica.

Plantear esa pregunta no constituye automáticamente un acto de odio.

Puede ser simplemente una preocupación legítima.

La democracia necesita ciudadanos comprometidos, pero también necesita instituciones capaces de albergar la diversidad de perspectivas políticas existentes en la sociedad.

No me preocupa que existan estudiantes que apoyen a Iván Cepeda.

Tampoco me preocuparía que existieran estudiantes que apoyaran a Abelardo de la Espriella, a José Manuel Restrepo, a Sergio Fajardo, a Claudia López o a cualquier otro candidato.

Lo que me preocuparía sería descubrir que dentro de una institución educativa una sola visión política es percibida como legítima mientras otras son ridiculizadas o silenciadas.

Porque la misión de la educación no consiste en producir militantes.

Consiste en formar ciudadanos libres.

Y un ciudadano libre es aquel que puede pensar por sí mismo incluso cuando llega a conclusiones distintas a las de sus maestros, sus padres o sus compañeros.

En su texto, Juan Diego agradece a sus docentes haberle enseñado sobre paz, derechos humanos, memoria histórica y participación ciudadana.

Me parece maravilloso.

Pero espero que esos mismos docentes también le hayan enseñado que existen múltiples interpretaciones sobre la historia nacional, distintos enfoques sobre la justicia social, diversas maneras de comprender la libertad y variadas propuestas para construir el futuro de Colombia.

La verdadera educación democrática no forma ciudadanos que piensan igual.

Forma ciudadanos capaces de convivir con quienes piensan diferente.

Y aquí aparece una paradoja interesante.

Mientras Juan Diego denuncia la estigmatización proveniente de algunos sectores conservadores, en varios apartados de su texto también parece atribuir motivaciones negativas a quienes no comparten sus posiciones políticas, describiéndolos como personas movidas por el odio, la ignorancia o el fracaso.

Tal vez valga la pena preguntarnos si el respeto que exigimos para nosotros estamos igualmente dispuestos a concedérselo a nuestros contradictores.

Porque la polarización no nace solamente cuando descalificamos a la izquierda.

También nace cuando descalificamos a la derecha.

No desaparece cuando cambia de signo ideológico.

Simplemente cambia de dirección.

Desde mi propia posición política he defendido públicamente mi apoyo a Abelardo de la Espriella y a José Manuel Restrepo. Lo he hecho sin vergüenza, pero también sin rabia.

He intentado argumentar que la democracia madura requiere superar tanto el silencio del voto vergonzante como la emocionalidad del voto emberracado para avanzar hacia lo que llamé el voto sereno y sabio.

Esa misma invitación quisiera extenderla a los estudiantes del IPN.

No renuncien a la pasión por transformar el país.

Pero tampoco renuncien a la capacidad de escuchar.

No abandonen la crítica.

Pero tampoco abandonen la autocrítica.

No teman defender sus convicciones.

Pero recuerden siempre que quienes piensan distinto también pueden actuar desde convicciones honestas y legítimas.

El desafío más difícil de una democracia no consiste en ganar una discusión.

Consiste en aprender a convivir después de haber discutido.

Por eso coincido con Juan Diego en una frase fundamental:

El IPN se respeta.

Y precisamente porque el IPN se respeta, también debemos esperar que siga siendo un espacio donde todas las voces democráticas puedan expresarse, dialogar, discrepar y aprender unas de otras   (  https://blogs.eluniversal.com.co/lecciones-de-teologia/del-voto-vergonzante-al-voto-emberracado-y-del-voto-emberracado-al-voto  ).

No para producir ciudadanos de izquierda.

No para producir ciudadanos de derecha.

Sino para producir ciudadanos libres.