LA BODA NO ES EL MATRIMONIO: AMOR Y RESPETO
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«En todo caso, que cada uno de ustedes ame a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su marido» (Efesios 5,33)
El álbum de fotos todavía estaba ahí, en el cajón de la sala. Carolina lo abrió una tarde cualquiera, mientras esperaba que Daniel llegara del trabajo. Pasó las páginas lentamente: el vestido blanco, las sonrisas, los abrazos, la música, la fiesta. Todo había sido perfecto ese día. Demasiado perfecto.
Cuando Daniel entró, la encontró sentada en el piso, con el álbum abierto sobre las piernas.
—¿Te acuerdas de esto? —preguntó ella sin levantar la mirada.
Daniel sonrió con nostalgia.
—Claro… fue uno de los días más felices de mi vida.
Carolina cerró el álbum y dijo algo que llevaba tiempo guardando:
—Ese fue un día hermoso… pero me doy cuenta de que la boda no es el matrimonio.
Daniel se quedó en silencio. No era una frase dura, pero sí verdadera. Con los años, habían aprendido que después de la música y los aplausos venían los días comunes: levantarse temprano, pagar cuentas, cuidar a los hijos, discutir por tonterías, reconciliarse sin testigos.
Durante un tiempo, ambos habían creído que algo estaba mal porque ya no sentían lo mismo que el día de la boda. Hasta que una noche, agotados después de una discusión, Daniel dijo:
—Tal vez pensábamos que el amor se sostenía solo… y no que había que aprenderlo.
A partir de ese momento, algo cambió. No fue un cambio espectacular, sino silencioso. Decidieron hablar más despacio, escuchar mejor, pedir perdón sin excusas. Carolina comprendió que respetar no era callar, sino cuidar la forma de decir. Daniel entendió que amar no era solo cumplir, sino entregarse.
Un domingo, escucharon en misa que el matrimonio es un misterio grande, un camino donde el amor se parece al de Cristo: un amor que se da, que se queda, que no huye cuando cuesta. Carolina miró a Daniel y pensó: esto no se parece a una fiesta… se parece más a una peregrinación.
Con el paso del tiempo, dejaron de comparar su vida con las fotos del álbum. Empezaron a valorar los gestos pequeños: el café servido sin pedirlo, la mano tomada en silencio, el perdón ofrecido antes de dormir. Descubrieron que el matrimonio no se vive en un solo día, sino en todos los días.
Años después, cuando alguien les preguntó cuál había sido el secreto para mantenerse juntos, Daniel respondió sin pensarlo:
—Entender que la boda dura un día… pero el matrimonio se construye toda la vida.
Carolina sonrió. Sabía que no tenían un matrimonio perfecto, pero sí uno real. Uno donde el amor y el respeto se aprendían con el tiempo, sostenidos por la gracia y por la decisión diaria de no soltarse.
Querido oyente, tal vez tú también tengas un álbum de fotos guardado. Cuídalo. Pero recuerda esto: la boda es el comienzo. El verdadero milagro sucede después, cuando dos personas descubren que amar no es celebrar un día, sino permanecer todos los días.
Texto elaborado a partir de historias de la vida real y utilizado en el programa radial “Temas de Pareja con Pareja”, emitido por la Emisora Minuto de Dios.