Quemar LAS naves, quemar MIS naves


Quemar las naves

En el año 335 a. C., al llegar a las costas de Fenicia, Alejandro Magno se encontró ante uno de esos momentos en los que la historia parece detenerse y exigir una decisión. Frente a él se levantaba un ejército enemigo que, según el relato, triplicaba en número a sus hombres. Detrás quedaba el mar. Y, ancladas junto a la costa, permanecían las naves que los habían llevado hasta allí.

Sus soldados desembarcaron sabiendo que aquella batalla podía ser la última.

Habían combatido antes. Habían recorrido enormes distancias. Habían conocido el cansancio, las heridas y la muerte. Eran hombres acostumbrados a mirar al peligro a los ojos. Pero aquella vez era diferente. La superioridad del enemigo parecía abrumadora y, poco a poco, el miedo comenzó a recorrer las filas.

Algunos miraban hacia el frente y contemplaban al ejército que tendrían que enfrentar.

Otros miraban hacia atrás y contemplaban los barcos. Y quizá allí estaba el verdadero problema.

Porque mientras aquellas naves permanecieran en la costa, todavía existía una posibilidad de escapar. Todavía podían retroceder.

Todavía podían imaginar que, si la batalla se volvía demasiado difícil, podrían abandonar las armas, correr hacia la playa, subir a los barcos y regresar a casa.

Las naves no eran solamente un medio de transporte. Eran la posibilidad de volver atrás.

Alejandro lo comprendió.

Comprendió que sus hombres no estaban luchando únicamente contra el ejército que tenían enfrente. Estaban luchando también contra algo mucho más difícil de vencer: el deseo de regresar a lo conocido cuando el futuro comienza a producir miedo.

Entonces tomó una decisión extrema. Esperó hasta que todos sus hombres hubieran desembarcado.

Y dio una orden que nadie esperaba: —¡Quemen las naves!

Durante unos instantes debió de producirse un silencio desconcertante.

  • ¿Quemar los barcos?

  • ¿Destruir voluntariamente la única posibilidad de regresar?

  • ¿Eliminar con sus propias manos aquello que podía salvarlos si eran derrotados?

Pero la orden había sido dada. Las antorchas comenzaron a encenderse.

El fuego alcanzó primero las velas. Después avanzó por los mástiles y las cubiertas. Las llamas crecieron rápidamente mientras el humo comenzaba a elevarse sobre la costa. Uno tras otro, los barcos que los habían llevado hasta allí empezaron a convertirse en enormes estructuras de fuego.

Los soldados contemplaban en silencio. Ante sus ojos no ardía solamente la madera. Ardía la posibilidad de retroceder. Ardía la ruta de escape. Ardía la seguridad. Ardía la tentación de abandonar.

Ardía aquella pequeña puerta que cada uno conservaba secretamente abierta por si las cosas salían mal.

Las llamas iluminaron el mar mientras las embarcaciones comenzaban a hundirse.

Entonces Alejandro reunió a sus hombres. Ya no había barcos detrás de ellos. Ya no había retirada posible.

Solamente quedaban dos direcciones: delante estaba el enemigo; detrás, el mar.

Y entonces les dijo: «Miren cómo arden nuestras naves. Graben esta imagen en su memoria, porque desde este momento ya no existe un camino para regresar. Si somos derrotados, ninguno volverá a su hogar. Ninguno abrazará nuevamente a su familia. Ninguno atravesará este mar de regreso a casa.

Por eso debemos vencer.

  • No hemos venido hasta aquí para buscar una salida. Hemos venido para conquistar una victoria. Ya no tenemos barcos en los cuales huir. Ya no existe un camino hacia atrás.

  • Si queremos regresar a nuestra tierra, tendremos que hacerlo de una sola manera: avanzando.

  • Y cuando volvamos a casa, no regresaremos en nuestras naves.

  • Regresaremos en las naves de nuestros enemigos».

Algo había cambiado.

  • El ejército enemigo seguía siendo el mismo.

  • Continuaba siendo más numeroso.

  • El peligro no había desaparecido.

  • La batalla no se había vuelto más fácil.

Lo único que había cambiado era que ya no existía la posibilidad de huir.

Y, paradójicamente, cuando desapareció la posibilidad de escapar, apareció una fuerza que hasta entonces permanecía escondida.

Aquellos hombres comprendieron que había llegado el momento de decidir.

  • Ya no podían combatir pensando en la retirada.

  • Ya no podían avanzar calculando cuánto faltaba para regresar.

  • Ya no podían luchar conservando secretamente una segunda opción.

Había llegado uno de esos momentos extraordinarios de la existencia en los que una persona descubre que no puede construir una vida nueva mientras continúe protegiendo cuidadosamente todas las posibilidades de regresar a la antigua.

Los soldados volvieron entonces la mirada hacia el enemigo.

  • Delante de ellos estaba la batalla.

  • Detrás de ellos, las naves ardían.

  • Y entre ambas cosas solamente quedaba una posibilidad: avanzar.

Las naves que también he tenido que quemar

La primera vez que conocí la historia de Alejandro Magno y sus naves quemadas fue en el año 2002. Por entonces comenzaba una nueva etapa de mi vida profesional como subdirector de la emisora Minuto de Dios en Cartagena. No recuerdo con exactitud quién puso aquella historia en mis manos ni las circunstancias precisas en las que llegó hasta mí. Lo que sí recuerdo es que algo de ella se quedó conmigo.

Tal vez porque no la escuché simplemente como una historia de guerra.

La escuché como una historia sobre decisiones.

Sobre esos momentos en los que la vida nos coloca frente a una frontera y nos obliga a preguntarnos si realmente queremos avanzar o si, en el fondo, seguimos conservando alguna posibilidad de regresar.

Desde entonces han pasado más de veinte años y aquella imagen me ha acompañado por caminos que en ese momento ni siquiera podía imaginar.

Muchas veces la he contado.

La he compartido con parejas que llegaron a consulta convencidas de que su relación había alcanzado un punto sin retorno; hombres y mujeres cansados de discutir, heridos por años de desencuentros, preguntándose si todavía valía la pena luchar por reconstruir aquello que alguna vez habían prometido cuidar.

También la he compartido con sacerdotes y religiosas que, en determinados momentos de su camino, han tenido que volver a preguntarse por el sentido de su vocación, por las razones que un día los llevaron a decir sí y por aquello que todavía podía hacer fecunda su entrega.

La he contado a estudiantes de colegios y universidades cuando he intentado explicarles que elegir una profesión, construir un proyecto de vida o descubrir una vocación exige mucho más que tener sueños. Exige tomar decisiones. Y algunas decisiones comienzan a ser verdaderas solamente cuando estamos dispuestos a renunciar a aquello que nos mantiene permanentemente disponibles para retroceder.

La he utilizado también en espacios profesionales y organizacionales, acompañando personas y equipos que necesitaban comprender que ninguna transformación ocurre verdaderamente cuando queremos construir lo nuevo sin atrevernos a abandonar algunas seguridades de lo antiguo.

Durante años he visto rostros diferentes mientras cuento la misma historia. Algunos sonríen. Otros permanecen en silencio.

Algunos parecen reconocer inmediatamente cuáles son las naves que continúan ancladas en sus propias costas.

Porque todos tenemos alguna.

  • Una relación que sabemos que debemos transformar.

  • Una decisión que seguimos aplazando.

  • Una conversación que no nos atrevemos a tener.

  • Un proyecto que nunca comenzamos porque seguimos esperando condiciones perfectas.

  • Una seguridad que nos protege, pero que al mismo tiempo nos inmoviliza.

  • Un pasado al que continuamos regresando.

  • Una puerta que nunca terminamos de cerrar.

Pero debo reconocer algo. Durante mucho tiempo fue relativamente fácil contarles a otros la historia de las naves. Lo verdaderamente difícil ha sido escucharla cuando la historia se dirige hacia mí.

Porque después de tantos años compartiéndola con otras personas, he comprendido que no puedo colocarme simplemente fuera del relato como quien conoce una buena metáfora y la utiliza para enseñar.

Yo también estoy dentro de la historia.

  • También yo he tenido barcos esperando en alguna costa.

  • También he conocido el miedo ante decisiones importantes.

  • También he experimentado la tentación de conservar abiertas algunas puertas por si el camino elegido se volvía demasiado difícil.

Y por eso no puedo negar que, con el paso de los años, aquella historia se ha convertido también en un mensaje profundamente personal.

La he escuchado como esposo, porque amar a una persona durante años significa elegirla muchas veces, especialmente cuando el amor deja de ser solamente entusiasmo y comienza a convertirse en fidelidad, cuidado, paciencia, perdón y reconstrucción.

La he escuchado como padre, porque llega un momento en que uno comprende que educar a los hijos también significa aprender a soltarlos; aceptar que aquello que durante años protegimos entre nuestros brazos tendrá que encontrar su propio camino, tomar sus propias decisiones y construir una vida que ya no nos pertenece.

La he escuchado como educador, porque enseñar exige abandonar continuamente la comodidad de creer que ya sabemos suficiente. Cada generación que entra en un aula nos obliga a comenzar nuevamente, a revisar nuestras certezas y a preguntarnos si aquello que enseñamos sigue siendo capaz de tocar la vida de quienes tenemos delante.

La he escuchado como terapeuta, acompañando el sufrimiento de otros y descubriendo que no basta comprender intelectualmente el cambio. Hay momentos en los que una persona sabe perfectamente qué necesita transformar y, sin embargo, continúa aferrada precisamente a aquello que la hace sufrir.

La he escuchado como asesor gerencial, porque las organizaciones también poseen sus propias naves: estructuras que alguna vez funcionaron, procedimientos que dieron resultados, formas de liderazgo que proporcionaron seguridad, pero que pueden terminar convirtiéndose en obstáculos cuando llega el momento de transformarse.

Y la sigo escuchando como hombre. Tal vez esta sea la escucha más difícil.

Porque después de tantos títulos, responsabilidades, experiencias, éxitos, errores, encuentros y despedidas, llega un momento en el que la pregunta deja de ser qué deben hacer los demás.

La pregunta comienza a pronunciar nuestro propio nombre. Mauricio, ¿cuáles son las naves que todavía conservas en la costa?

  • ¿Cuáles son esas seguridades a las que sigues mirando cuando tienes miedo?

  • ¿Qué decisiones continúas aplazando?

  • ¿Qué parte del pasado sigue funcionando no solamente como memoria, sino como refugio?

  • ¿Qué necesitas agradecer y conservar?

  • ¿Qué necesitas transformar?

  • ¿Y qué necesitas, finalmente, dejar ir?

Quizá por eso, después de más de veinte años, sigo contando esta historia.

No porque crea que la vida consista en destruir irresponsablemente todo aquello que dejamos atrás. Quemar las naves no significa despreciar nuestra historia, abandonar nuestros vínculos ni tomar decisiones impulsivas. Mucho menos significa negar el pasado.

Significa algo más difícil: discernir cuándo aquello que alguna vez nos permitió llegar hasta una orilla comienza a impedirnos avanzar hacia la siguiente.

Porque algunas naves deben conservarse. Otras deben repararse. Algunas pueden conducirnos nuevamente a casa.

Pero existen momentos decisivos en los que comprendemos que determinadas naves ya cumplieron su misión.

  • Nos trajeron hasta aquí.

  • Nos permitieron atravesar el mar.

  • Forman parte de nuestra historia.

  • Podemos incluso mirarlas con gratitud.

  • Pero ya no pueden decidir hacia dónde continúa nuestra vida.

Y quizá crecer consista precisamente en aprender a reconocer ese instante.

Ese momento silencioso y terrible en el que uno mira hacia atrás, contempla las naves que lo trajeron hasta aquella costa y comprende que ha llegado la hora de elegir: seguir viviendo preparado para regresar o comenzar, finalmente, a caminar hacia adelante.