EL DIABLO ES PUERCO


Por: Mauricio G. Pareja Bayter

docmauricioparejab.com

Hay una expresión popular que, detrás de su aparente ingenuidad, encierra una de las tragedias más frecuentes de la convivencia humana: «El diablo es puerco». Se utiliza para explicar una infidelidad, justificar una mentira, disculpar una imprudencia o minimizar una conducta que ha causado sufrimiento. Y aunque suele pronunciarse entre risas, su significado puede resultar bastante preocupante: alguien hizo algo que no debía, pero aparentemente la responsabilidad pertenece a otro.

En las relaciones conyugales, esta costumbre adquiere dimensiones particularmente patéticas. Hay personas que parecen haber desarrollado una extraordinaria habilidad para encontrar explicaciones a sus comportamientos, siempre que esas explicaciones las exoneren de cualquier responsabilidad. Cuando algo sale mal, la culpa es del esposo o de la esposa. Y cuando resulta imposible responsabilizar al cónyuge, todavía queda un recurso infalible: el diablo.

Así, entre las supuestas provocaciones de la pareja y las travesuras del maligno, algunos consiguen atravesar años de matrimonio sin reconocer seriamente sus propias equivocaciones.

Lo preocupante no es solamente la falta de autocrítica, sino el deterioro progresivo que esta actitud produce en la relación. Porque un matrimonio en el que nadie reconoce sus errores termina convirtiéndose en un escenario donde todos se sienten víctimas y nadie se considera responsable.

Una historia tan antigua como Adán y Eva

La Biblia presenta una escena extraordinariamente reveladora sobre esta tendencia humana. Después de transgredir el mandato divino, Adán y Eva son interrogados por Dios acerca de lo ocurrido (Gn 3,11-13).

La respuesta de Adán merece especial atención: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí».

¡Extraordinario! Adán reconoce que comió, pero inmediatamente señala a Eva. Y no solamente a Eva: indirectamente compromete al propio Dios, recordándole que fue Él quien le proporcionó aquella compañera.

Cuando Dios interroga a Eva, ella responde que la serpiente la engañó.

La cadena de responsabilidades desplazadas queda perfectamente establecida: Adán culpa a Eva; Eva culpa a la serpiente; y la serpiente termina convertida en protagonista de una historia en la que los seres humanos participaron activamente.

El relato posee una profundidad antropológica que trasciende su contexto religioso. Nos recuerda que la dificultad para reconocer los propios errores acompaña a la humanidad desde sus primeras representaciones narrativas.

La tragedia no consiste únicamente en haber desobedecido, sino en la incapacidad posterior para reconocer plenamente la propia participación.

Desde entonces, pareciera que algunos matrimonios siguen representando diariamente la misma escena del paraíso.

La culpa siempre es de mi pareja

En la convivencia conyugal, el desplazamiento de la responsabilidad adopta formas sorprendentemente sofisticadas: «Te grité porque me sacaste de quicio», «Te mentí porque sabía cómo ibas a reaccionar», «Te fui infiel porque hacía tiempo que no me prestabas atención», «Me alejé de ti porque nunca me comprendiste», «No te escucho porque siempre estás reclamando».

En todas estas expresiones aparece un mecanismo semejante: quien ejecuta una conducta perjudicial reconoce lo ocurrido, pero presenta el comportamiento de su pareja como causa suficiente para justificarlo. Naturalmente, las relaciones conyugales son sistemas de interacción. Los comportamientos de ambos integrantes se influyen recíprocamente, y numerosos conflictos deben comprenderse desde su historia compartida. Sin embargo, una cosa es reconocer la influencia de la pareja sobre nuestras emociones y otra muy distinta responsabilizarla de las decisiones que nosotros tomamos.

Mi cónyuge puede contrariarme, pero eso no significa que tenga derecho a humillarlo. Puede decepcionarme, pero no por ello quedo autorizado para engañarlo. Puede equivocarse, pero sus equivocaciones no convierten automáticamente mis errores en comportamientos legítimos.

La comprensión del contexto no equivale a la absolución de la responsabilidad personal. Y esta distinción resulta decisiva para la salud psicológica y moral del matrimonio.

Cuando la pareja es inocente, aparece el diablo

Existe una segunda modalidad de evasión todavía más llamativa. Ocurre cuando la evidencia es tan contundente que resulta imposible atribuir razonablemente la responsabilidad al cónyuge.

Entonces aparece la explicación espiritual: «Fue una tentación del demonio», «El enemigo quiere destruir nuestro matrimonio», «No sé qué me pasó; el diablo me confundió», «El diablo es puerco».

La expresión puede reflejar una convicción religiosa sincera acerca de la existencia del mal y de la tentación. El problema comienza cuando se utiliza para sustituir la responsabilidad personal por una supuesta intervención externa.

Desde la tradición cristiana, la tentación y el consentimiento no son realidades equivalentes. La primera presenta una posibilidad; el segundo implica, cuando existe suficiente libertad, una participación de la voluntad. Por eso, resulta problemático atribuir indiscriminadamente al demonio decisiones que una persona tomó conscientemente. No fue el diablo quien sostuvo durante meses una relación clandestina, elaboró explicaciones falsas, ocultó conversaciones o administró cuidadosamente sus engaños.

Atribuirle toda la responsabilidad al maligno puede resultar emocionalmente cómodo, pero difícilmente constituye un ejercicio serio de arrepentimiento. La espiritualidad auténtica no debería convertirse en una coartada para evitar la autocrítica. Por el contrario, tendría que ayudarnos a reconocer nuestras contradicciones y asumir responsablemente las consecuencias de nuestros actos.

La gracia no sustituye la responsabilidad; nos ayuda a ejercerla.

La pobre autocrítica que oxida el amor

Las relaciones conyugales no suelen deteriorarse únicamente por grandes acontecimientos. Muchas veces se desgastan mediante pequeñas irresponsabilidades repetidas que nunca son reconocidas ni reparadas: una promesa incumplida, una palabra hiriente, una indiferencia cotidiana, una decisión unilateral o una disculpa que nunca llega.

Cuando estas experiencias se acumulan, producen algo semejante al óxido: un deterioro progresivo que debilita la estructura de la relación. La falta de autocrítica impide aprender de los conflictos. Cada discusión termina convertida en un juicio contra el otro; cada desacuerdo, en una competencia por demostrar quién tiene razón; y cada intento de reconciliación, en una negociación sobre quién debe pedir perdón primero.

Desde la psicología de las relaciones, la capacidad de reconocer los propios errores constituye un recurso fundamental para la regulación emocional, la reparación del daño y la reconstrucción de la confianza. Una persona incapaz de admitir sus equivocaciones obliga a su pareja a convivir no solamente con las consecuencias de esas equivocaciones, sino también con la frustración de verlas sistemáticamente negadas.

Así, el problema inicial se multiplica: ya no duele solamente lo que ocurrió, sino también que quien ocasionó el daño se niegue a reconocerlo. Y cuando esta dinámica se vuelve habitual, la intimidad emocional comienza a deteriorarse, porque difícilmente podemos sentirnos seguros junto a alguien que nunca se considera responsable de nuestro sufrimiento.

Sin responsabilidad no hay felicidad conyugal

Una relación conyugal próspera no es aquella en la que nunca existen conflictos, sino aquella en la que ambos integrantes desarrollan la capacidad de afrontarlos con honestidad, respeto y responsabilidad. La armonía no exige ausencia de diferencias, sino disposición para comprenderlas y resolverlas sin convertir al otro en enemigo. La felicidad tampoco puede sostenerse sobre la permanente negación de los propios errores; requiere humildad para reconocerlos, valentía para pedir perdón y perseverancia para modificar los comportamientos que deterioran la convivencia.

Por supuesto, reconocer la propia responsabilidad no significa aceptar culpas ajenas, tolerar abusos ni permanecer en relaciones destructivas. Cada persona debe responder por aquello que efectivamente le corresponde, pero precisamente ahí comienza la madurez conyugal: en abandonar la obsesión por identificar culpables y desarrollar la capacidad de reconocer la propia contribución a los problemas.

La pregunta verdaderamente transformadora no es solamente «¿Qué me hiciste?», sino también «¿Qué hice yo, qué pude hacer mejor y qué necesito cambiar?».

Esta disposición no garantiza que todos los matrimonios puedan salvarse; sin embargo, sin ella resulta extraordinariamente difícil construir relaciones duraderas, armoniosas y felices.

Conclusión. El diablo será puerco, pero no puede cargar con todas nuestras culpas

San Pablo nos recuerda: «Todo me es lícito, mas no todo me conviene» (1 Co 6,12). Aplicada a la vida conyugal, esta enseñanza invita a discernir antes de decidir y a asumir las consecuencias de nuestros actos. Podemos sentir rabia sin agredir, frustración sin despreciar y atracción por otra persona sin traicionar nuestros compromisos. Amar implica reconocer que nuestras decisiones afectan a quien ha depositado su confianza en nosotros.

La madurez conyugal comienza cuando dejamos de justificar nuestros errores con los de nuestra pareja. El amor necesita ternura, comunicación e intimidad, pero también honestidad, autocrítica y responsabilidad. Adán culpó a Eva, Eva culpó a la serpiente y, miles de años después, algunos esposos siguen repitiendo la historia. Es hora de abandonar esa costumbre: el diablo podrá ser puerco, pero no tiene por qué cargar con nuestras irresponsabilidades, porque donde nadie reconoce sus errores, el amor termina pagando las culpas de todos.